lunes, 12 de enero de 2015

No son musulmanes

El archimoro Mojamé fue un chalado del siglo VII que creyó que su dios hablaba directamente con él. Éste le dictaba a través del arcángel Gabriel cosas tales como que era el elegido y todos debían someterse por ello a él, aunque la verdad revelada cambiaba caprichosamente de un día para otro, según conviniera a los intereses personales de Mojamé. Poco a poco fue organizando una secta basada en el culto a su persona, la sumisión sexual y en el reparto de las posesiones: lo que le apetezca a Moja para Mojamé, el resto para vosotros. En resumen, un Charles Manson o un David Koresh de la época.

Las gentes de Arabia, que por entonces debían tener más sentido común que hoy, cuando aquel chalado los conminó a convertirse a su secta, lo mandaron a tomar viento fresco con sus desvaríos. Pero ya se sabe, cuando un lunático megalomaníaco ve frustradas sus fantasías,  la cosa se complica: a unos no los admiten en la Academia de Bellas Artes y organizan una guerra mundial con genocidio incluido, otros son escarnecidos por sus paisanos, y les da por convertir al mundo entero a una secta inhumana.  Desafortunadamente para Moja, con tan sólo un puñado de antisociales no puedes entablar batalla en campo abierto contra un ejército, así que se inventó la la taqiyya, o sea, mentir a los infieles para lograr mediante el engaño lo que aún no se puede obtener por la fuerza.

Triquiñuela mediante, su poder fue creciendo sin parar y, tan pronto como pudo, empezó a atacar por la fuerza objetivos fáciles para financiarse. Las caravanas de mercaderes indefensos fueron las primeros en pagar el pato. Dinero contante y sonante y ningún riesgo. Casualmente, Alá le dicto por entonces un par de versos indicando que, a la hora de repartir el botín del saqueo, a Moja le correspondía la parte del león. Alá siempre tan oportuno.

El año 624 fue especialmente productivo en la carrera asesina de Moja, por lo menos en lo cualitativo. En enero organizó una expedición para asesinar a Asma' bint Marwan, en febrero a Abu Afak y en diciembre Abu Rafi' ibn Abi Al-Huqaiq. Su crimen: haber escrito versos ridiculizando a Mojamé. ¿No le recuerda esto a alguien algo que acabamos de ver?

Sin dejar de lado el próspero y seguro negocio de asaltar caravanas, Moja inició empresas más ambiciosas. Junto sus secuaces, empezó a atacar pequeños pueblos de gente sencilla y desarmada, degollando a los hombres y repartiendo a las mujeres como esclavas sexuales. Naturalmente, se repartían una vez que Mojamé había separado su parte. Otras veces, debían conformarse sin mujeres y sin matanza, porque la población se había dado a la fuga abandonando la tierra de sus antepasados antes de que llegaran los salvajes. Como ven, los de el Estado Islámico no se han inventado nada nuevo.

Aquello de las sectas violentas debía de ser un sector en expansión, porque Moja no tardó en hacerse con un ejército en toda regla para llevar a cabo sus tropelías al por mayor. Al final de sus días,aquel tarado ya organizaba verdaderas invasiones, con degollinas que en los viejos tiempos no hubiera siquiera soñado, cuando tenía que conformarse con pasar a cuchillo tan sólo a media docena de mercaderes . Las mujeres y niños violados por Mojamé y su banda se contaban en esta época final por cientos. El saldo de una vida dedicada a matar, violar y robar: una centena de expediciones militares ordenadas por Moja; de entre éstas, tomó parte en alrededor de una treintena.

Pero no todo iba a ser guerrear. Entre las mujeres que había secuestrado de los pueblos sometidos, las que había comprado y las que le habían entregado libremente (libremente los padres, no la chica), Moja había juntado un harén de trece esposas y cuatro concubinas. Su preferida era Aisha y contaba 9 años y aún jugaba con muñecas, cuando aquel cerdo pederasta, en sus cuarenta a la sazón, forzó sexualmente a la pobre niña. Tuvo suerte, porque Moja llevaba idea de penetrarla como un animal con tan sólo 6 años, pero, al haber perdido Aisha el cabello por culpa de una enfermedad, a Moja le dio asco y pospuso tres años la consumación de su lascivia pedófila.

A tenor de esto, debemos concluir que esos musulmanes moderados que aseguran que el Estado Islámico o Al-Qaeda malinterpretan el Islam, reconocen implícitamente que Mojamé también lo malinterpretó. Ésto es posible con el Nuevo Testamento o la Torá, compuestas por textos inspirados a varios escritores. Sin embargo, éste no es el caso del Corán, ya que éste es la palabra literal de Alá dictada a un solo escriba que se limita a transcribir palabra por palabra y, por lo tanto, no es susceptible de exégesis. El Corán hay que tomarlo al pie de la letra y obedecerlo ciegamente. En cualquier caso, de haber una interpretación correcta, ésta sería la de Moja, que se describe en el libro de marras como hombre perfecto y ejemplo a seguir.

¿No será entonces que los que están equivocados son esos musulmanes moderados que implícitamente reconocen que Moja estaba errado? Bajo la Sharia, serían reos de apostasía, lo que se castiga con la pena capital. Por lo tanto, de haber un Islam, éste debe ser el de aquellos que siguen los preceptos, y aun el ejemplo, del propio Moja: los asesinos del Estado Islámico o los de París.

Los hechos, no obstante, no cuentan en Los Mundos de Yupi. Allí todos son buenos, excepto Occidente y todo lo que conlleva: sus fundamentos judeocristiano y humanista y su legado de libertad y democracia. En el inamovible esquema mental giliprogre no cabe que una religión pueda ser peor que el cristianismo. La disonancia cognitiva les conduce a la negación y, en último término, a refugiarse en esa alucinación esquizofrénica de que son malos musulmanes los que cumplen
fielmente los designios de Moja, y buenos, aquellos a los que Moja cortaría la cabeza él mismo con su propia cimitarra. O lo que nadie quiere reconocer: esos musulmanes moderados, simplemente no son musulmanes, sino otra cosa... siempre que no sea que estén valiéndose de la taqiyya para que los tengamos entre nosotros, y cuando llegue el momento... Quidquid id est, timeo danaos et dona ferentes.