jueves, 19 de abril de 2012

Nuestro mejor embajador

Desde que Campechano I por la gracia de Franco dejó en la estacada a sus subordinados a los que había involucrado en el circo que organizó en febrero de 1981, todos los ingenuos del país, que son casi todos, bebían los vientos por donde pasaba este señor. O por donde pasaba y la prensa rastrera lo publicaba, porque además de por donde cantaban los juntaletras serviles tenían a bien celebrar, con más asiduidad que repercusión pasaba él también por los palacios de dictaduras teocráticas, de ésas que que condenan a muerte a las víctimas de violación, la yacija de alguna vedette de medio pelo, o por despachos de señores delincuentes condenados en firme. Vamos, como ahora. Pero como la comedia februaria le salió a pedir de boca -la boca que no abrieron sus subalternos pringados para cantarle himnos a Término-, todos los pardillos hispánicos se volvieron mansos siervos, siempre dispuestos a cantar las loas a su amo y señor. Porque en España la legitimidad no la dan las urnas, la da ora ser el heredero de un dictador, ora el montar escandalera en la calle, y en esto no hemos cambiado un ápice desde el siglo XIX, cuando la amante ninfómana del soldado Puigmoltó, tatarabuelo de nuestro Campechano I, se encasquetó la corona por ser la hija de un felón malnacido, y el tío de la fulana, equivalente decimonónico de Willy Toledo, se montó su 15-M particular. Y la voluntad del pueblo soberano, que ni lo era entonces, ni lo ha sido ahora, importa lo mismo: una mierda. Esto era comprensible hasta cierto punto antes del advenimiento de las nuevas tecnologías, cuando dentro de nuestras fronteras nadie habría osado insinuar siquiera que Elena tal vez no fuera la primogénita, no digamoos ya de chanchullos ilegales con los albertos o con un conde que no lo era de título sino de apellido. Pero todo esto debería haber tocado a su fin con internet, considerando que los esbirros de Campechano I no pueden poner sus zarpas en servidores extranjeros que alberguen, por decir algo, el linaje de Paola di Robilant, insinuaciones sobre lo que se trató en las continuas reuniones quee los golpistas tuvieron con el ciudadano Borbón y cargos del PSOE durante el mes previo a la función del 23-F, o los trapicheos mallorquines que se traía con sus amiguitos.

Pues ni aún con esas. El otro día salió a defenderlo Rajoy, que en un futuro cercano será conocido como el Presidente cuya cobardía a la hora de emprender reformas llevó a España a la bancarrota y la pérdida de su soberanía, con el peregrino argumento de que el tipo este que ha salido en la prensa mundial asesinando esos animales protagonistas de las campañas de concienciación ecológica desde hace décadas, ocupado en vivir a todo lujo mientras sus súbditos no tienen ni para comer. Sólo puedo achacar esto a que tenemos un pollino por Presidente y, dado que el analfabeto no habla idiomas, no se entera de que más allá de los Pirineos, a día de hoy, mandar al elemento este sería la mejor manera de asegurarnos el rechazo absoluto. Entiéndase: el alemán medio escandálizado porque sus impuestos terminan en financiar las matanzas de especies amenazadas por Campechano I no me preocupa, sino el cargo de cualquier Estado que, si es un poco sensato, será capaz de entender que la consanguinidad del elemento hace esperable cualquier deficiencia mental, y con mucha razón podría sentirse insultado si le enviamos a un tarado sin oficio ni beneficio como interlocutor, en lugar de una persona preparada, capaz, y con todos los cromosomas en su sitio. Señor Rajoy, a lo mejor va siendo hora de que, aprovechando que como ZP nos hundió, y usted hace lo posible para impedir que salgamos a flote, los españoles más preparados tienen que largarse al extranjero, le pida a algunos que le mande contrarreembolso algún que otro artículo de la prensa de su tierra de acogida -traducido al español para que pueda entenderlo hasta el inquilino de la Moncloa más imbécil, faltaría más-, y se va enterando de la opinión que les merece el heredero de Franco desde hace unos días.  Pero en Europa, que tendrían que estar en teoría encantadísimos de que la amante de Campechano I, la plebeya Corinna Larsen, conocida por darse ínfulas usando el aristocrático apellido zu Sayn-Wittgenstein de su exmarido, sea compatriota de suecos por nacimiento, y de alemanes por matrimonio, resulta que a juzgar por sus comentarios se debaten entre que es un bellaco por matar elefantes, que es un bellaco por pulirse los impuestos del contribuyente alemán (que después de todo, es el que paga la factura de la fiesta que nos corrimos los PIGS), que es un bellaco por andar por ahí de juerga mientras los españoles trabajadores se quedan en la puta calle, o cualquier combinación de las tres anteriores.

Pero no sólo es eso, es que la simetría de la narrativa demanda la abdicación: comenzó su ascenso al trono en el extranjero matando a tiros a una criatura inocente, y en el extranjero matando a tiros a una criatura inocente puso fin a su reinado. De Estoril a Botsuana. ¡Que piense un poquito en lo redondo que quedara en los libros de historia, caramba!  Y de paso, si el hijo tiene buen tino y finiquita esta obsoleta institución contraria a la democracia y la igualdad, zanjamos ya lo de los pesadísimos republicanos y franquistas retroactivos, nos ahorramos un piquito, y él pasará a la posteridad como el primer Borbón magnánimo. Total, si de repente desapareciera la Casa Real, ¿en qué lo notaríamos los que no compramos el ¡Hola!?